De defensas de cristal y murallas que se despachan: la crisis de los dos Inters
En un partido donde parecieron entrar a la cancha con la cabeza en otra parte —como si siguieran de gira por California—, el Inter Miami se comió un golpazo bárbaro en su propia casa, en el Chase Stadium de Florida. Las Garzas cayeron 3 a 0 en el clásico ante Orlando City por la fecha 14 de la MLS, un resultado durísimo que deja a los dirigidos por Javier Mascherano pedaleando en el aire, anclados en el sexto puesto de la Conferencia Este y mirando de reojo el abismo de quedarse afuera de los playoffs.
El equipo del Jefecito fue un desconcierto total atrás, un colador que dejó expuestas todas sus costuras ante un rival que se hizo gigante de visitante. El partido arrancó con cierto ida y vuelta, de esos que te engañan, pero los Leones no perdonaron en la primera de cambio. De un bochazo larguísimo del arquero Pedro Gallese, la pelota le quedó servida a Luis Muriel, que supo meter la estocada en el área para vencer a Oscar Ustari y mandar a Miami al vestuario 1 a 0 abajo.
Errores insólitos y el arco cerrado para la Pulga
Si alguien esperaba una lavada de cabeza en el entretiempo, se quedó con las ganas, porque la segunda mitad arrancó con el pie izquierdo. Al minuto de juego, de un córner a favor que pintaba para el empate, Miami quedó pagando y le regaló una contra letal a Martín Ojeda. El ex Godoy Cruz quedó mano a mano, pero la tiró a las nubes de milagro. Zafaron ahí, pero la suerte no te perdona dos veces. Al ratito nomás, tras una triangulación a puro toque, Marco Pasalic estampó el 2 a 0 de la mano de una macana insólita de Ustari, que la dejó escurrirse mánsamente por entre las piernas ante el lamento de toda la tribuna.
Leo Messi, como siempre, intentó poner la cara y meter a los suyos en partido. Recibió sobre la izquierda, acomodó el cuerpo y sacó el zurdazo clásico, pero el Pulpo Gallese sacó chapa de su apodo: achicó a lo gigante y tapó con todo el cuerpo lo que era el descuento clavado. Más tarde, Ramiro Enrique intentó sorprender de cachetada entrando al área; hubo un roce providencial en los guantes del arquero peruano y el travesaño le ahogó el grito al argentino. Como para terminar de hundir el cuchillo, Dagur Dan Thórhallsson cerró la persiana llegando a la carrera y fulminando a Ustari con un derechazo para el 3 a 0 definitivo.
Las estadísticas de Miami hoy por hoy meten miedo. Cosechan cinco derrotas en los últimos siete compromisos —apenas rescataron un triunfo y un empate— y se comieron 20 goles en contra. Te clavan un promedio de casi tres pepas por partido; con esa fragilidad, es imposible pensar en pelear un campeonato serio. Y es justamente acá donde la ironía del fútbol te pega en la frente, porque mientras en Estados Unidos las Garzas sufren horrores por la falta de jerarquía defensiva, del otro lado del charco, el tocayo italiano acaba de abrirle la puerta de salida a una cantidad obscena de oficio y experiencia en la zaga.
El éxodo de la vieja guardia en el Giuseppe Meazza
Allá en Italia, la dirigencia del Inter de Milán —flamante campeón de la Serie A— decidió pasar la escoba y despedir a cuatro baluartes de su defensa tras el vencimiento de sus contratos. Se va Stefan de Vrij, un caudillo de 34 años que se pasó ocho temporadas rompiéndose el lomo en la zaga y levantando nueve trofeos (tres Scudettos y tres Copas Italia). Atrás suyo arma las valijas Matteo Darmian, de 36 pirulos, que en seis años juntó exactamente la misma cantidad de medallas en la vitrina.
La limpieza también se llevó puesto a Francesco Acerbi. Con 38 años sobre el lomo y cuatro temporadas en el club, el central se despide con dos ligas y dos copas locales, cerrando un ciclo impecable. Y la misma suerte corrió el suizo Yann Sommer; a sus 37 años y tras custodiar el arco por tres temporadas —una menos que Acerbi—, deja la institución con dos Serie A y una Copa Italia. Todos ellos, salvo el suizo que cuenta con una, ostentan el orgullo y la espina de colgarse dos medallas de subcampeones de la Champions League.
Es loco cómo funcionan las dinámicas de los clubes. En una punta del continente tenés un equipo desesperado porque no le encuentra la vuelta a los retrocesos y hace agua por todos lados. En la otra, un gigante europeo se da el lujo de soltar más de catorce décadas de experiencia combinada porque considera que la vieja guardia ya dio todo lo que tenía para dar. Unos pagan los platos rotos de una defensa de cristal; los otros despiden a sus murallas buscando sangre nueva. Y así estamos.